¿Soy o no soy cartagenera?

Nací en Cartagena pero casi nunca me sentí del todo cartagenera. Pasé todas mis vacaciones de infancia y preadolescencia allí. No se salvaba ni la Semana Santa. Madrugaba feliz el día que mi papá nos llevaba temprano a mis hermanos y a mí a la casa de mi abuela y de mis tías a las que adoré. Durante el viaje por la antigua carretera de La Cordialidad, cuyos pueblos, haciendas, árboles reconocía uno por uno, iba mirando por la ventana hasta que aparecía, lejana y entre brumas, la silueta de La Popa. Entonces faltaba poco para internarnos en el infierno que ya era la avenida Pedro de Heredia, con sus chivas, carretillas y ventorrillos. No recuerdo cuándo apareció la bomba de El Amparo, si fue antes o después de estos viajes de mi infancia, pero mi papá paraba en una estación de gasolina donde todo el mundo sabía quién era. ¡Lucho! lo saludaban y él devolvía el abrazo como si los conociera de toda la vida. A lo mejor así era. Antes habíamos hecho la obligada parada en Luruaco, pueblo...